domingo, 19 de febrero de 2017

La Baticueva



Para escribir Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez tuvo que encerrarse literalmente en un estudio de la Ciudad de México. Era un cuarto pequeño, hecho a la medida, en el fondo del jardín de una casa ubicada en el viejo barrio de San Ángel. Gabo había sido cautivado por una historia y durante más de quinientos cuarenta días con sus respectivas noches, no hizo otra cosa que escribirla como un poseso. En sus Memorias, él mismo cuenta que trabajaba durante horas en aquel habitáculo donde apenas cabía un viejo sillón, diversos libros de alquimia, botánica y filosofía y un escritorio en donde no podían faltar varios paquetes de cigarrillos, un buen lote de folios blancos y un florero con rosas amarillas. Durante dieciocho meses, mientras Mercedes, su mujer, sostenía afanosamente a la familia, los dos dedos índice de Gabo teclearon sin tregua la inquebrantable Smith Corona para regalarnos una de las mejores novelas de todos los tiempos.




Yo, desde luego, no aspiro a ganar el Premio Nobel de Literatura. ¡Faltaría más! En todo caso, lo que siempre había soñado era un espacio como el de Gabo, un santuario propio donde encontrar inspiración, imaginar historias e instalar mi viejo ordenador junto con el montón de ideas, recortes de periódico, libros y recuerdos que han viajado conmigo desde que salí de México. Así que cuando me mudé al piso de 50 metros de la calle Tordera, supe que lo había encontrado.
Sin vistas al jardín ni rosas amarillas, mi “santuario” resultó ser la alcoba oscura de extraña configuración (más parecida a una L que a un dormitorio digno de llamarse así) y con un par de ventanas que no dan a ningún lado. ¡Vamos, el tipo de habitación por el que nadie se pelearía! Excepto, claro está, los que necesitamos un recinto para estar solos, pergeñar proyectos, leer hasta las tantas y escribir nuestras vergüenzas.

Bautizada con el nombre de la Baticueva, dado que solo yo tengo acceso a ella y admito ser fan de los héroes de Ciudad Gótica, es desde hace dos años mi taller de ideas. En él trabajo todos los días y a cualquier hora, arropada por el mueble modular construido por mi marido (y que sería la envidia de IKEA), dos estanterías cargadas de libros a mis espaldas, y en un escritorio que alguna vez fue mesa de jardín. En la Baticueva siempre hay música. No puedo trabajar sin ella. Repartido por doquier, está lo mejor de mi biografía: fotos de la familia, postales de los amigos y un desorden de papeles que solo entiendo yo. Es mi caos organizado. 

Delante de mi ordenador y pegado con chinchetas, tengo el trozo de una carta que García Márquez escribió, en 1966, a Carlos Fuentes. En ella le confesaba: “Jamás he trabajado en soledad comparable (...), sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras”.
Inspiración pura a la hora de escribir este texto. Así que, lo intentaré:


Para escribir Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez tuvo que encerrarse literalmente en un estudio de la Ciudad de México. Era un cuarto pequeño, hecho a la medida, en el fondo del jardín de una casa ubicada en el viejo barrio de San Ángel…

1 comentario:

adriana sagnelli dijo...

Laura, me gusta lo que escribes, saludos :-)