Mi amiga la Pollo es fiel testigo de que alguna vez tuve 15 años. Es una de mis amigas más antiguas (aunque a las dos nos choque el término) y más queridas. Ella me ha acompañado en las buenas, en las malas y en las peores; en las alegrías y los llantos; en las ganancias y las pérdidas. Nos ha tocado asustarnos juntas en un terremoto en Acapulco; deleitar un chocolatito caliente en Tequisquiapan; imitar a Sandro de América; cantar las canciones de los Beatles; bailar en sus dos bodas y querernos mucho. Tengo el honor de ser la “hija putativa” de la familia Castañeda Bartnicki y de quererlos con amor del bueno.
Aída, la Pollito, vino a Madrid a celebrar su cumpleaños y no podía darle un regalo más exquisito que ir a Lisboa y sus alrededores. No podía ser de otra manera. Yo adoro Portugal y a mis seres queridos los tengo que llevar allí alguna vez en su vida, porque ese país es una joyita que tiene que descubrirse poco a poco. Y sólo la gente sensible lo sabe.
Dice José Saramago que un día Camoens escribió de Lisboa que era “…una ciudad que fácilmente de las otras es princesa”. Puede ser que sí, que nadie piense en ella cuando visita Europa. Mejor para los que la conocemos.
Saramago pide que le perdonemos la exageración al gran poeta portugués y agrega: “Basta que Lisboa sea simplemente lo que debe ser: culta, moderna, limpia, organizada –sin perder su alma. Y si todas estas bondades acaban haciendo de ella una reina, pues que lo sea. En la república que somos serán bienvenidas reinas así”.
En cierto sentido, Aída es como Lisboa: en todos estos años de cariño y amistad, su alma ha permanecido intacta y nunca ha perdido el brillo de sus ojos verdes, ni la mejor de sus sonrisas.



Aprovechar el miedo de muchos ciudadanos para legitimar el uso y la creación de nuevas fuerzas armadas, siempre despierta resquemores entre la población. Si a esto agregamos que los problemas están lejos de resolverse y que los capos del narcotráfico siguen desplegando cínicamente su poderío, tenemos un elemento más para dudar de la eficacia de la estrategia o la falta de una por parte de las autoridades. Nadie pone en tela de juicio la necesidad de hacer algo porque la sociedad mexicana está harta de tanta violencia. Sin embargo, también genera ruido y confusión permitir que el Ejército mexicano amplíe sus funciones y vaya más allá del combate al crimen organizado, hostilizando a los grupos sociales más vulnerables abusando de su poder o desplegando una serie de operaciones que más se asemejan a una abierta guerra sucia contra defensores de los derechos humanos o líderes sociales que llevan años reclamando equidad y justicia. Todo esto, la verdad, sí que da miedo.