sábado, 1 de abril de 2017

La Mary y los presocráticos

De camino al examen, la Mary se detiene en el kiosko de la esquina para ver la portada del ¡Aquí hay tomate! El vestido de la Pedroche es LA noticia del día. Ella quiere copiar el modelito para la fiesta de graduación de la ESO. Pero ¡claro!, primero tiene que pasar el puñetero examen de Ética. ¿Para qué coño quiero saber yo de ética si me voy a dedicar a la pelu, como la Raquel? ¡A quién le importan los presocráticos si aquí los que mandan son los putos chinos! ¡Ay, que boquita te cargas, Mary! “Hablas como una verdulera”, le dijo ayer el Pedro. Le jodió el comentario porque eso no quiere decir nada de cómo son las personas. Además, ¿cómo hablan las verduleras? La Paqui, la de abajo de su casa, habla sin chillar ni soltar tacos. ¡Me cago en la hostia! La gente no puede decir que eres mala o buena por si dices un taco o diez ¡joder! Puede parecer que soy muy chunga, que no digo que no lo sea. La gente que no me conoce puede llegar a pensar que soy una cabrona porque hablo gritando y asín un poco… ¡A mi manera, coño! Soltando muchos tacos, como hablan en mi casa, se mosquea. Pero quien conoce a la Mary sabe muy bien que tiene “un corazón más gordo que el culo de la Belén Esteban”.




¡Uy, qué chulo está el vestido de la Pedroche! Si tuviera pasta, tendría toda la ropa que usa ella, llenaría un salón entero como el vestidor de la de Sexo en Nueva York, ¡esa tía sí que mola! O como la Merin Estríl de El Diablo viste de Prada. Nunca me faltaría de nada. Sueña. La Mary da una última ojeada a la revista. Sabe que va tardísimo al insti. Checa el móvil, ve la hora y se detiene un rato más en la foto del perro que le regaló el Dosel a la Steisy en “Hombres y mujeres y viceversa” ¡Es más mono! El Dosel, el Dosel. A la Mary, los perros no le gustan. Huelen mal y sueltan pelo. El otro día, en la clase de Ética, el profe dijo que los que no quieren a los animales son malas personas. ¿Fue en la clase o lo escuchó en la tele? Bueno, da igual. Si no me gustan los perros, ¿por qué tengo que ser mala persona, como mucho sería un mal perro, no? O una mala perra… jaja. Es que, de verdad tía, hasta que no conoces a las personas no sabes si son chungas o guays, sonríe. “Lo gorda que se ha puesto la Pataki”, exclama cuando a su lado pasa la Jessi. “Tía, que llegas tarde al examen”. Le cae mal la Jessy porque es una empollona de mierda. Pero, esta vez, tiene razón. Si quiere verse como la Pedroche, tiene que pasar el último examen del curso. Presocráticos… ¡que os follen, tíos!

miércoles, 15 de marzo de 2017

Cortoletrajes... ya en Amazon.



¿Qué tienen en común una pareja de enamorados, una mujer moribunda y la voz atronadora de Tláloc? Descúbrelo en Cortoletrajes. Un libro de relatos cortos cuyo hilo conductor entreteje temas como el exceso o la falta de comunicación, el abuso del poder o el amor no correspondido. Son pequeñas historias con las que seguramente te acabarás identificando.
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jueves, 2 de marzo de 2017

Detrás de una guerra, siempre hay un hombre


Les guste o no a los hombres que lean esto, estamos hablando de un hecho demostrado. La violencia y las guerras han estado dominadas siempre por ustedes. Las cifras no mienten. Tampoco miente la historia militar: los ejércitos han estado formados por hombres que han sido ejecutores casi en exclusiva de la violencia, así como sus principales víctimas. Solo en el siglo XX, los conflictos desencadenados y ejecutados por varones se cobraron la vida de entre 136 y 148 millones de personas. Está claro que, desde hace milenios, el ser humano ha demostrado una increíble capacidad de matar, y, además, de hacerlo en masa y sostenidamente. Para ello se ha servido de cualquier cosa a su alcance: un machete, un AK-47, explosivos convencionales o bombas atómicas.

Por si esto fuera poco, la violencia sexual contra las mujeres es omnipresente, ha sido alentada como arma de guerra y constituye uno de los capítulos más vergonzosos y más silenciados de la historia de los conflictos bélicos. Para nuestra desgracia, esta violencia sexual ocurre en todos los países que están en guerra. De acuerdo con cifras de la ONU, hoy, en pleno siglo XXI, en la República del Congo han ocurrido alrededor de 200.000 violaciones, una cifra similar a la ofrecida para Ruanda. No hay que irse muy lejos del mundo “civilizado y culto”, no hay que adentrarse al corazón de África: en el conflicto de la antigua Yugoslavia se estima que entre 20.000 y 50.000 mujeres fueron violadas. A esta barbarie hay que agregar el aborto selectivo de niñas, los crímenes de honor, el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual o la mutilación sexual, que afecta a 130 millones de mujeres.

La violencia sexual ejercida contra niñas y mujeres en las zonas de conflicto ha sido tan abrumadora que en su Resolución 1.325 de 31 de octubre de 2000, la Organización de Naciones Unidas hizo visible por primera vez la necesidad de una protección explícita y diferenciada para ellas en escenarios de conflicto. Según Naciones Unidas, el 70% de las mujeres han experimentado alguna forma de violencia a lo largo de su vida, una de cada cinco de tipo sexual. Y lo que es aún más increíble, las mujeres entre 15 y 44 años tienen más probabilidad de ser atacadas por su pareja o asaltadas sexualmente que de sufrir cáncer o tener un accidente de tráfico.


Dice el politólogo José Ignacio Torreblanca, “podemos prohibir las armas largas, las armas cortas, las minas anti-persona, las bombas de fósforo o de fragmentación, las armas bacteriológicas, químicas y nucleares, pero al final estaremos siempre en el mismo sitio: detrás de cada arma habrá un varón”. Aterrador.

domingo, 26 de febrero de 2017

Un día cualquiera


 
 
A Irene le dieron la mejor noticia de su vida. ¡Había ganado una beca para estudiar en la capital! Estaba ansiosa por contárselo a su padre que no tardaría en recogerla del cole. Si todo salía bien -y a Dios le pedía que así fuera- podría estudiar medicina y curar a su mamá y mandar dinero a sus hermanos y… y… hacer su vida bien lejos. Desde niña, Irene había sorprendido a sus profesores por sus notas y buena disposición para el estudio a pesar de sus circunstancias. Por eso, no dudaron en recomendarla para obtener una jugosa beca que concedía el hombre más rico del país. “Esta chiquita, con apoyo y recursos, podría llegar muy alto”, le aseguraron.

Apenas tenía 16 años pero Irene ya había madurado lo suficiente como para saber que no quería vivir la misma vida de su pobre madre. Siempre tan abnegada, tan enfermiza, tan poquita cosa. Siempre en la penumbra, llenándose de hijos, sirviendo a todos, comiendo lo que dejaban los niños. Irene la quería muchísimo pero, a veces, le pesaba tener que ayudarla en el quehacer de la casa, sobre todo, cuando le daban esas horribles migrañas que la noqueaban dos días seguidos. Entonces, ella tenía que asumir responsabilidades que no había pedido y dejar a un lado sus deberes escolares.

Pasaban los minutos y su papá no llegaba. Era extraño porque él era muy puntual. Los últimos profesores se marcharon, no sin antes felicitarla de nuevo por sus logros, y Tomás, el conserje, se puso a barrer la entrada del colegio.

Con sus libros abrazados al pecho y la mochila cargada de cuadernos rendida a sus pies, Irene vigilaba ansiosa la calle por la que siempre entraba el coche. “¡Uy, se me hace que ya te abandonaron, niña!”, le dijo Tomás, “¿quieres que, mientras termino de barrer, te saque una sillita pa’ que descanses?”. Irene se sentó a esperar y a imaginar la cara que pondrían todos en casa cuando les anunciara que se iría a estudiar fuera. Fantaseaba con la idea de lo que sería su vida en la capital, teniendo por fin una habitación para ella sola, rodeada de libros, saliendo con nuevas amigas, echándose un novio, ¿por qué no? De repente, una mezcla de tristeza y amargura le empañó la mirada. Pensó en su madre. En lo inútil que se había vuelto desde la última vez que la ingresaron. “¡Ay, diosito, que se ponga bien! A lo mejor esta noticia la anima y se alivia”, murmuró con los ojos cerrados. Apretándolos aún más y acariciando sus libros como si de un pretendiente se tratara, Irene siguió hablando con Dios. “Señor, este es el sueño de mi vida. Yo he sido buena, obediente; me he hecho cargo de la casa, de mis hermanos, nunca le he faltado a nadie… ¡por favor!, te pido que todo vaya bien y que pueda irme a estudiar, ¡por favor, te lo pido!”.

Abrió un ojo y atisbó a lo lejos el viejo Chevrolet. Venía despacio, muy despacio. En los ojos pequeños de su padre alcanzó a distinguir unas gafas oscuras y un pañuelo blanco en su mano izquierda. Conducía lento como si quisiese retardar la llegada una eternidad. A Irene se le fue borrando la sonrisa. En su lugar, le brotó un nudo en la garganta que, sin embargo, no fue tan punzante como el ramalazo que sintió en la boca del estómago.


¡Pobre Irene! Y hay quien dice que soñar no cuesta nada.
 
 

viernes, 24 de febrero de 2017

domingo, 19 de febrero de 2017

La Baticueva



Para escribir Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez tuvo que encerrarse literalmente en un estudio de la Ciudad de México. Era un cuarto pequeño, hecho a la medida, en el fondo del jardín de una casa ubicada en el viejo barrio de San Ángel. Gabo había sido cautivado por una historia y durante más de quinientos cuarenta días con sus respectivas noches, no hizo otra cosa que escribirla como un poseso. En sus Memorias, él mismo cuenta que trabajaba durante horas en aquel habitáculo donde apenas cabía un viejo sillón, diversos libros de alquimia, botánica y filosofía y un escritorio en donde no podían faltar varios paquetes de cigarrillos, un buen lote de folios blancos y un florero con rosas amarillas. Durante dieciocho meses, mientras Mercedes, su mujer, sostenía afanosamente a la familia, los dos dedos índice de Gabo teclearon sin tregua la inquebrantable Smith Corona para regalarnos una de las mejores novelas de todos los tiempos.




Yo, desde luego, no aspiro a ganar el Premio Nobel de Literatura. ¡Faltaría más! En todo caso, lo que siempre había soñado era un espacio como el de Gabo, un santuario propio donde encontrar inspiración, imaginar historias e instalar mi viejo ordenador junto con el montón de ideas, recortes de periódico, libros y recuerdos que han viajado conmigo desde que salí de México. Así que cuando me mudé al piso de 50 metros de la calle Tordera, supe que lo había encontrado.
Sin vistas al jardín ni rosas amarillas, mi “santuario” resultó ser la alcoba oscura de extraña configuración (más parecida a una L que a un dormitorio digno de llamarse así) y con un par de ventanas que no dan a ningún lado. ¡Vamos, el tipo de habitación por el que nadie se pelearía! Excepto, claro está, los que necesitamos un recinto para estar solos, pergeñar proyectos, leer hasta las tantas y escribir nuestras vergüenzas.

Bautizada con el nombre de la Baticueva, dado que solo yo tengo acceso a ella y admito ser fan de los héroes de Ciudad Gótica, es desde hace dos años mi taller de ideas. En él trabajo todos los días y a cualquier hora, arropada por el mueble modular construido por mi marido (y que sería la envidia de IKEA), dos estanterías cargadas de libros a mis espaldas, y en un escritorio que alguna vez fue mesa de jardín. En la Baticueva siempre hay música. No puedo trabajar sin ella. Repartido por doquier, está lo mejor de mi biografía: fotos de la familia, postales de los amigos y un desorden de papeles que solo entiendo yo. Es mi caos organizado. 

Delante de mi ordenador y pegado con chinchetas, tengo el trozo de una carta que García Márquez escribió, en 1966, a Carlos Fuentes. En ella le confesaba: “Jamás he trabajado en soledad comparable (...), sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras”.
Inspiración pura a la hora de escribir este texto. Así que, lo intentaré:


Para escribir Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez tuvo que encerrarse literalmente en un estudio de la Ciudad de México. Era un cuarto pequeño, hecho a la medida, en el fondo del jardín de una casa ubicada en el viejo barrio de San Ángel…

sábado, 19 de septiembre de 2015

De puertas adentro




A las 7 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, un terremoto de 8,1 grados en la escala de Richter devastó el centro de la ciudad de México. Nunca se supo cuántos muertos hubo. Se especuló con diferentes cifras: desde los seis mil y pico que dieron los medios oficiales, hasta los 27 mil registrados por los organismos internacionales. Doscientos cincuenta edificios fueron destruidos y más de 500 quedaron gravemente dañados.

 
Es doloroso ver cómo se parecen las ciudades arrasadas por la guerra a las destruidas por un terremoto. Da igual. Esta imagen, que podría pertenecer a una zona en conflicto, me recuerda el estado que guardaban cientos de fincas cuando salí a recorrer las calles aquella mañana de septiembre. Como en la foto, numerosas fachadas cayeron dejando al descubierto las historias, los sueños, los recuerdos y las miserias de miles de individuos. Es como si, de repente, a plena luz del día, alguien te arrancara la ropa dejándote en bragas. Te da un poco de vergüenza mostrar las grietas y el desorden; la cama a medio hacer y el montón de cajas sin acomodar.

 
“De puertas adentro” es una expresión imposible de concebir al mirar esta fotografía. La intimidad deja de existir. Lo privado se vuelve público ante la curiosidad de los mirones. Y una se pregunta: ¿quién habrá vivido en la primera planta? ¿Se habrá salvado la vieja del tercero?

Por los dibujos de lo que fue la escalera, se nota la mano de aquel adolescente del segundo piso que tanto molestaba a los vecinos. También se respira la pobreza de los inquilinos que no pudieron reunir el dinero para cepillar la madera de las desvencijadas puertas. Claro que nunca falta quien decide plantarle cara a la estrechez y pintar de verde y amarillo las ventanas de su vivienda.

 
Es la imagen de la desolación. De vidas truncadas. De historias rotas. De lo que fue y no volverá a ser. Es la fotografía que nos recuerda que nada ni nadie volveremos a ser los mismos. Nunca más. Como sucede en las ciudades en pie de guerra o en las devastadas por un terremoto.