domingo, 4 de febrero de 2018

Para los amantes del café



“Claro que el café es un veneno lento, hace 40 años que lo bebo”. Esta ingeniosa frase del gran filósofo francés Voltaire lo dice todo. Si, como yo, eres un amante del buen café, debes saber algo más sobre nuestra bebida favorita.

Según un interesante artículo de la revista El País Semanal, el café es la segunda mercancía que más se comercializa en el mundo, solo después del petróleo. Si acaso estás disfrutando de una humeante taza, debes saber que la tuya es una de las 2, 250 millones de tazas de café que se consumen cada día en el mundo. ¡No estamos solos!

Se calcula que unas 125 millones de personas viven del café en el planeta y que su industria mueve unos 70 mil millones de dólares cada año.  ¿Alguna vez te has preguntado cuáles son los principales productores? De acuerdo con Juan Morenilla, el autor del artículo, Brasil es el primer productor (con 45 millones 342 mil sacos de grano anuales), seguido de Vietnam (con 27 millones 500 mil sacos), Colombia (13 millones 333 mil) e Indonesia (con 10 millones 365 mil sacos). Entre estos cuatro países, según la Organización Mundial del Café, se producen dos terceras partes del grano a nivel mundial. Por otro lado, los mayores importadores son Estados Unidos, Alemania, Italia y Japón (sí, Japón). En México, de acuerdo con la Confederación Mexicana de Productoras de Café, el consumo es de aproximadamente 1.4 kgs por habitante.

¿Es bueno para la salud?
Según diversos estudios, no hay ningún motivo para abandonar esta aromática bebida pues tiene más beneficios que efectos nocivos. La lista es larga, pero solo te diré que tiene un gran calor como antioxidante, reduce el dolor de cabeza e incluso favorece la longevidad. La cafeína actúa sobre el sistema nervioso, lo que permite un aumento de la capacidad mental y la percepción; mejora la concentración y el tiempo de respuesta en las personas.


Aunque es verdad que la cafeína entra fácilmente en todas las células del organismo, lo cual es benéfico, también puede provocar algunos efectos negativos. Cuando se toma en exceso (más de 5 tazas al día) puede generar temblor, nerviosismo y acidez estomacal, sobre todo, si no se acompaña su consumo con otros alimentos. El café está recomendado para cualquier persona sana, pero si tienes algún padecimiento es preferible consultar al médico. Como ves, ¿qué tal si nos tomamos un cafecito?

viernes, 1 de diciembre de 2017

Día Internacional de Lucha contra el SIDA


Hace 30 años, por primera vez en la historia de la televisión mexicana, un equipo de producción de la empresa Televisa, encabezado por María Victoria Llamas, renunció por motivos de censura. Orgullosamente yo formé parte de ese grupo de profesionales solidarios y decentes. ¿Nuestra falta? Haber diseñado y producido dos programas serios, bien documentados y reconocidos por su respeto a las personas afectadas por VIH-Sida. Lo que quería el propietario de la entonces televisora más importante del país, era una emisión sesgada, amarillista y claramente morbosa. Se han dado algunos pasos, sin duda, pero la deuda de los medios de comunicación con respecto del tema sigue siendo inmensa. 


sábado, 25 de noviembre de 2017

Este 25 de noviembre


Entre los países de América Latina, México es uno de los que presenta mayores índices de violencia de género: casi 60% de las mujeres la ha padecido en alguna de sus manifestaciones. De acuerdo con datos ofrecidos por ONUMUJERES, tres de cada cien mujeres que acuden a denunciar son asesinadas en represalia. ¿No es aterrador?

Según las estadísticas vitales de mortalidad del Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México (de principios de marzo de 2016), en los tres años de gobierno de Enrique Peña Nieto 6 mil 488 mujeres han sido asesinadas en el país, es decir, en promedio seis cada día. De ellas, 1 mil 117 son niñas y adolescentes de entre 0 y 19 años de edad, lo que representa el 17% del total de mujeres víctimas de homicidio en territorio mexicano.

Para documentar aún más nuestro pesimismo, de acuerdo con la organización civil Católicas por el Derecho a Decidir, durante la primera mitad del gobierno de Felipe Calderón (2007-2009) se registraron 4 mil 433 feminicidios en trece estados mexicanos y 3 mil 976 desapariciones forzadas tan sólo en el último año y medio. De éstas últimas, el 51% fueron mujeres entre los 11 y los 20 años, lo que indica que este delito está directamente relacionado con la trata de mujeres, asevera esta organización. Un simple ejercicio de comparación nos revela que con Peña Nieto hay un 46% más de mujeres asesinadas.


No, señores, el feminicidio no es un crimen pasional, como lo califican algunos medios de comunicación, tampoco es una situación que provocan las mujeres (“se lo buscó”, dicen algunos). No, no es un simple homicidio. Medítenlo.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Mujeres y Revolución mexicana


Ya fuera como periodistas, escritoras, enfermeras o conspiradoras, incluso vendiendo sus bienes materiales para sostener el movimiento revolucionario, la participación de las mujeres en la Revolución Mexicana fue amplia y valerosa.
Gracias a una investigación elaborada por Lorena Hernández Reyes, de la Universidad Autónoma del Estado de México, hoy conocemos los nombres de numerosas mujeres que arriesgaron todo por un ideal.

Periodistas y escritoras fuera de serie
Las periodistas formaron parte de un grupo de mujeres sumamente activas en lo político y social. Fundaron periódicos de oposición al régimen y en defensa de las clases desvalidas. Como ejemplo están:
  • Juana Belén Gutiérrez de Mendoza dirigió el periódico Vésper, consagrado a defender a los mineros y a combatir la dictadura.
  • Guadalupe Rojo viuda de Alvarado, directora del periódico Juan Panadero (periódico difundido en Guadalajara y después en México), fue presa en la cárcel de Belén por defender a los campesinos de Yautepec.
  • Emilia Enríquez de Rivera, “Obdulia”, sostenía ideas renovadoras en la revista Hogar; mientras que Julia Sánchez, “Julia Mata”, lanzaba violentas críticas a la oligarquía en El látigo justiciero.
  • Desde la sierra de Guerrero Dolores Jiménez y Muro, fue coronela redactora del Plan Político y Social. En este documento —escrito por revolucionarios de cinco entidades de la República— se desconoció el régimen Porfirista.
  • María Hernández Zarco se hizo notable porque en 1913, cuando todas las imprentas de la capital se negaron a imprimir el discurso del Senador Belisario Domínguez —en donde condenaba el régimen de Victoriano Huerta—, ella lo hizo a escondidas, por las noches, en el taller de Adolfo Montes de Oca, donde trabajaba.
  • Hermila Galindo, de Ciudad Lerdo fundó la revista Mujer moderna y solicitó el voto femenino al Constituyente de 1916; también hizo propaganda a favor de Venustiano Carranza.

Conspiradoras que lo arriesgaron todo
En los complots, paso de armas, correos y difusión de noticias, nadie como las mujeres de la familia Serdán. Sobresalieron Carmen Serdán, hermana de Aquiles; Carmen Alatriste, su madre; y Francisca del Valle, su esposa; también se involucraron Guadalupe, Rosa y María Narváez, quienes coordinaron las operaciones en el estado de Puebla, imprimieron y repartieron proclamas, así como distribuyeron armas, para luchar contra el régimen de Díaz. Carmen Serdán y las hermanas Narváez fueron las primeras colaboradoras del movimiento precursor; después, participaron como orientadoras ante la dispersión originada por el asesinato de Serdán y trabajaron en la distribución de armas, correos, noticias y órdenes.

Asociaciones femeninas y sindicalistas destacadas en la revolución
Numerosas mujeres fundaron clubes liberales y antirreleccionistas, y mantuvieron el espíritu de lealtad a la democracia y protesta contra la usurpación Huertista. La profesora María Arias Bernal organizó el Club Lealtad, junto con Dolores Sotomayor, Inés Malváes, María Elvira Bermúdez y Eulalia Guzmán. Aparte de defender a los presos políticos y difundir noticias y propaganda, todas las semanas organizaban manifestaciones ante la tumba de Madero y Pino Suárez.
Mención aparte merecen las mujeres que fundaron en 1906 la Sociedad de Empleadas de Comercio, ellas son precursoras del sindicalismo. Sus actividades fueron principalmente asistenciales: fundar academias de comercio, de música, un gimnasio, una caja de préstamos a socias enfermas. Estas precursoras tienen nombre y apellido, entre ellas Isabel Díaz de Pensamiento, Anselma Sierra, Carmen Cruz, Margarita y Guadalupe Martínez y Lucrecia Toriz.

Dos Coronelas bien fajadas
Carmen Alanís se levantó en armas en Casas Grandes (Chihuahua) y participó en la toma de Ciudad Juárez con 300 hombres a su mando.
Juana Gutiérrez de Mendoza y La China comandaron un batallón formado por las viudas, hijas y hermanas de los combatientes muertos.

¡Viva la Revolución mexicana! ¡Vivan las mujeres!


domingo, 10 de septiembre de 2017

Una vieja gloria del boxeo

Hora punta en la pequeña pero caótica ciudad de Florencia. Línea de autobús 32 con destino a Grassina. Un hombre mayor, robusto, con aire de galán de otros tiempos, que pudo haber sido protagonista de cualquier película de Federico Fellini, está sentado frente a una mujer madura, guapa y sonriente. Ella tiene algo de la Cardinale, quizás la mirada todavía coqueta. Ambos conversan, él le cuenta una historia y la hace reír. Los pasajeros, mientras tanto, intentan subir al autobús que se va llenando cada vez más.

De repente, el hombre empieza a entonar una vieja canción de amor. Podría ser una canción napolitana. La mujer le brinda una sonrisa de dientes perfectos, con un guiño le da las gracias y se apea en la siguiente parada. Queda claro que no viajan juntos. El viejo no se amilana y, a pesar de los empujones del pasaje y los frenazos del conductor, sigue cantando al amor con su gastada pero afinada voz de tenor. Esa balada le debe traer recuerdos de otros tiempos, de cuando era joven y era amado. Algunos le escuchan, otros esbozan una risita de condescendencia.

Unas calles más adelante, un hombre de mediana edad con una evidente cojera y que tiene pinta de ser un obrero de la construcción, ocupa el lugar que la mujer ha dejado. Parece sacado de una película de Pier Paolo Passolini. El recién llegado observa y escucha al viejo; le mira de reojo con cierta desconfianza hasta que termina de cantar. Entonces, se establece un hilo invisible de empatía, el hielo se rompe e inician una conversación conmovedora, podríamos decir que hasta cálida. Sin saber por qué, están a punto de compartir sus historias dentro de un autobús atestado de pasajeros cansados que lo que único que desean es llegar a casa.

El hombre fellinesco le confiesa al obrero passoliniano que, alguna vez, él también fue joven y fuerte, disfrutó de la vida y del amor, fue un boxeador más o menos conocido y, para demostrárselo, saca de su ajada cartera una vieja fotografía en blanco y negro donde se le ve con cuerpo musculoso. Pero los años -¡ay, los malditos años que no pasan en balde!- le han obligado a usar bastón, moverse con cierta dificultad y, ¿por qué no decirlo?, a estar solo. Entonces, el joven obrero le confiesa que él, en cambio, aunque posee la juventud y ama el deporte padece una discapacidad que le impide hacerlo. Ambos filosofan sobre las contradicciones de la vida, lamentan sus particulares desgracias y reconocen, dentro de las cuatro paredes de un traqueteante autobús, lo que tienen en común a pesar de sus obvias diferencias.

El filosófico diálogo continúa unas calles más arriba hasta que nuestra vieja gloria del boxeo llega a su destino. Con dificultad se levanta, se despide cortésmente de su nuevo amigo y baja del autobús de la línea 32, destino a Grassina. Mientras, el joven obrero lo sigue con la mirada, atento a sus pasos vacilantes y se despide con una sonrisa fraternal, como de alguien que sabe con certeza que él también será, algún día, ese hombre mayor que cantará canciones de amor a quien quiera oírlas.


martes, 8 de agosto de 2017

Ladrón



Era una noche sin luna. Escuché que alguien venía hacia mí. En la esquina encontré al dueño de aquellos pasos. Nos vimos. Un brillo surcó el espacio. El tiempo se detuvo. Me clavaste una mirada y yo no pude hacer otra cosa que robarte el corazón. 

sábado, 5 de agosto de 2017

Cambio climático

La puerta del ascensor se abrió y lo que descubrí en su interior me dejó helada. En medio del estrecho cubículo encontré un trozo de iceberg.

¿Por qué estoy segura de que se trataba de un cacho de iceberg y no de un simple pedazo de hielo? Pues, porque en algún lugar había leído que hay gente que últimamente encuentra témpanos de distintos tamaños en muchos sitios insospechados del planeta. Algunas personas aseguran haberse tropezado con enormes fragmentos hasta en el portal de sus casas. Incluso, hay quien dice que nuestras costas no tardarán en desaparecer bajo el manto de agua gélida que se aproxima cada vez más desde el norte. Yo, la verdad, no sé qué pensar. Algunos opinan que son tonterías. Sin ir más lejos, mi vecino del primero derecha, el que tiene un primo científico, afirma que estas noticias son tan exageradas como decir que descendemos del mono, vaya.

Por otra parte, según la Enciclopedia Británica, el iceberg se caracteriza por su transparencia, brillo y estructura, y el cachito del ascensor era una especie de cuarzo cristalino, de fino brillante y con destellos glaciales. Precisamente, cautivada por esa extraña belleza, lo recogí con sumo cuidado, lo llevé a casa y me hice con él un delicioso gin tonic, ideal para mitigar estos calores invernales.

viernes, 26 de mayo de 2017

La Tierra tiene forma de pera


“La Tierra tiene forma de pera”. Así de contundente y absurda era la tía Vita. De nada le valían las fotos satelitales, ni la opinión de los astrónomos ni de los científicos de la NASA. Para ella, el planeta tenía forma de pera… y ya está.

En todas las familias siempre hay una tía soltera, pero la nuestra era única. Quizás por esa tozudez tan suya nunca se casó, aunque pretendientes no le faltaron. A sus maneras inexplicables e ilógicas llegaron a acostumbrarse sus sobrinos. Les hacía gracia sus comentarios llenos de humor, sus recuerdos de otros tiempos, su voz caprina cuando cantaba algún bolero.

La tía Vita era adicta a las compras en El Palacio de Hierro, el mejor almacén de la ciudad. Era su madriguera favorita y ostentaba una tarjeta de crédito que, debidamente protegida en una carterita de plástico amarillo, sacaba con desparpajo en la adquisición de faldas y camisas de variados estilos; aunque llegó a coleccionar más de sesenta blusas, siempre usaba la misma: una blanca de lacito al cuello. Aficionada a la lectura clandestina de la revista HOLA en el Sanborn´s del Ángel, otra de sus guaridas preferidas, llegó a ser experta en la vida y obra de todos los miembros de las casas reales europeas de los que contaba sus intimidades como si de una prima cercana se tratara. Antes de relatar el último chisme de alguna princesa monegasca, tosía con discreción, miraba de un lado a otro - como si temiera que alguien más la oyera- y con cierto retintín reseñaba la historia. Incapaz de expresar una grosería, prefería decir que fulanita tenía fama de “frutita”, o que perenganito era “un ojo alegre”. Cuando un hombre abandonaba a una mujer –cosa muy común en México- la tía Vita soltaba frases como “zutanito le hizo al patito zambullidor”. A ella le debemos conceptos como el célebre: “entre esos dos hablan latín, latón y lámina acanalada”, cuando de unos amantes se trataba. Poseía como nadie el don de inventarse colores, de ahí el “gris munición” o “el rojo enchilado”. Ningún Pantone se le resistía.


La nota roja también ejerció una extraña fascinación en ella. Se aficionó a recopilar datos de última hora de cualquier suceso donde hubiera muertos y heridos: desde terremotos y ataques terroristas, hasta vulgares crímenes de pasión. ¡Ay de ti si te adelantabas a darle la mala noticia! Te miraba con algo de reconcomio y te preguntaba, “¿quién te lo dijo?”. De hecho, bajo su colchón, llegó a esconder decenas de ejemplares del sensacionalista ALARMA que, cuentan las malas lenguas, leía con avidez cada noche. Sin duda, hubiera sido una gran reportera de sucesos.

sábado, 1 de abril de 2017

La Mary y los presocráticos

De camino al examen, la Mary se detiene en el kiosko de la esquina para ver la portada del ¡Aquí hay tomate! El vestido de la Pedroche es LA noticia del día. Ella quiere copiar el modelito para la fiesta de graduación de la ESO. Pero ¡claro!, primero tiene que pasar el puñetero examen de Ética. ¿Para qué coño quiero saber yo de ética si me voy a dedicar a la pelu, como la Raquel? ¡A quién le importan los presocráticos si aquí los que mandan son los putos chinos! ¡Ay, que boquita te cargas, Mary! “Hablas como una verdulera”, le dijo ayer el Pedro. Le jodió el comentario porque eso no quiere decir nada de cómo son las personas. Además, ¿cómo hablan las verduleras? La Paqui, la de abajo de su casa, habla sin chillar ni soltar tacos. ¡Me cago en la hostia! La gente no puede decir que eres mala o buena por si dices un taco o diez ¡joder! Puede parecer que soy muy chunga, que no digo que no lo sea. La gente que no me conoce puede llegar a pensar que soy una cabrona porque hablo gritando y asín un poco… ¡A mi manera, coño! Soltando muchos tacos, como hablan en mi casa, se mosquea. Pero quien conoce a la Mary sabe muy bien que tiene “un corazón más gordo que el culo de la Belén Esteban”.




¡Uy, qué chulo está el vestido de la Pedroche! Si tuviera pasta, tendría toda la ropa que usa ella, llenaría un salón entero como el vestidor de la de Sexo en Nueva York, ¡esa tía sí que mola! O como la Merin Estríl de El Diablo viste de Prada. Nunca me faltaría de nada. Sueña. La Mary da una última ojeada a la revista. Sabe que va tardísimo al insti. Checa el móvil, ve la hora y se detiene un rato más en la foto del perro que le regaló el Dosel a la Steisy en “Hombres y mujeres y viceversa” ¡Es más mono! El Dosel, el Dosel. A la Mary, los perros no le gustan. Huelen mal y sueltan pelo. El otro día, en la clase de Ética, el profe dijo que los que no quieren a los animales son malas personas. ¿Fue en la clase o lo escuchó en la tele? Bueno, da igual. Si no me gustan los perros, ¿por qué tengo que ser mala persona, como mucho sería un mal perro, no? O una mala perra… jaja. Es que, de verdad tía, hasta que no conoces a las personas no sabes si son chungas o guays, sonríe. “Lo gorda que se ha puesto la Pataki”, exclama cuando a su lado pasa la Jessi. “Tía, que llegas tarde al examen”. Le cae mal la Jessy porque es una empollona de mierda. Pero, esta vez, tiene razón. Si quiere verse como la Pedroche, tiene que pasar el último examen del curso. Presocráticos… ¡que os follen, tíos!

miércoles, 15 de marzo de 2017

Cortoletrajes... ya en Amazon.



¿Qué tienen en común una pareja de enamorados, una mujer moribunda y la voz atronadora de Tláloc? Descúbrelo en Cortoletrajes. Un libro de relatos cortos cuyo hilo conductor entreteje temas como el exceso o la falta de comunicación, el abuso del poder o el amor no correspondido. Son pequeñas historias con las que seguramente te acabarás identificando.
Ya en AMAZON.

jueves, 2 de marzo de 2017

Detrás de una guerra, siempre hay un hombre


Les guste o no a los hombres que lean esto, estamos hablando de un hecho demostrado. La violencia y las guerras han estado dominadas siempre por ustedes. Las cifras no mienten. Tampoco miente la historia militar: los ejércitos han estado formados por hombres que han sido ejecutores casi en exclusiva de la violencia, así como sus principales víctimas. Solo en el siglo XX, los conflictos desencadenados y ejecutados por varones se cobraron la vida de entre 136 y 148 millones de personas. Está claro que, desde hace milenios, el ser humano ha demostrado una increíble capacidad de matar, y, además, de hacerlo en masa y sostenidamente. Para ello se ha servido de cualquier cosa a su alcance: un machete, un AK-47, explosivos convencionales o bombas atómicas.

Por si esto fuera poco, la violencia sexual contra las mujeres es omnipresente, ha sido alentada como arma de guerra y constituye uno de los capítulos más vergonzosos y más silenciados de la historia de los conflictos bélicos. Para nuestra desgracia, esta violencia sexual ocurre en todos los países que están en guerra. De acuerdo con cifras de la ONU, hoy, en pleno siglo XXI, en la República del Congo han ocurrido alrededor de 200.000 violaciones, una cifra similar a la ofrecida para Ruanda. No hay que irse muy lejos del mundo “civilizado y culto”, no hay que adentrarse al corazón de África: en el conflicto de la antigua Yugoslavia se estima que entre 20.000 y 50.000 mujeres fueron violadas. A esta barbarie hay que agregar el aborto selectivo de niñas, los crímenes de honor, el tráfico de mujeres con fines de explotación sexual o la mutilación sexual, que afecta a 130 millones de mujeres.

La violencia sexual ejercida contra niñas y mujeres en las zonas de conflicto ha sido tan abrumadora que en su Resolución 1.325 de 31 de octubre de 2000, la Organización de Naciones Unidas hizo visible por primera vez la necesidad de una protección explícita y diferenciada para ellas en escenarios de conflicto. Según Naciones Unidas, el 70% de las mujeres han experimentado alguna forma de violencia a lo largo de su vida, una de cada cinco de tipo sexual. Y lo que es aún más increíble, las mujeres entre 15 y 44 años tienen más probabilidad de ser atacadas por su pareja o asaltadas sexualmente que de sufrir cáncer o tener un accidente de tráfico.


Dice el politólogo José Ignacio Torreblanca, “podemos prohibir las armas largas, las armas cortas, las minas anti-persona, las bombas de fósforo o de fragmentación, las armas bacteriológicas, químicas y nucleares, pero al final estaremos siempre en el mismo sitio: detrás de cada arma habrá un varón”. Aterrador.

domingo, 26 de febrero de 2017

Un día cualquiera


 
 
A Irene le dieron la mejor noticia de su vida. ¡Había ganado una beca para estudiar en la capital! Estaba ansiosa por contárselo a su padre que no tardaría en recogerla del cole. Si todo salía bien -y a Dios le pedía que así fuera- podría estudiar medicina y curar a su mamá y mandar dinero a sus hermanos y… y… hacer su vida bien lejos. Desde niña, Irene había sorprendido a sus profesores por sus notas y buena disposición para el estudio a pesar de sus circunstancias. Por eso, no dudaron en recomendarla para obtener una jugosa beca que concedía el hombre más rico del país. “Esta chiquita, con apoyo y recursos, podría llegar muy alto”, le aseguraron.

Apenas tenía 16 años pero Irene ya había madurado lo suficiente como para saber que no quería vivir la misma vida de su pobre madre. Siempre tan abnegada, tan enfermiza, tan poquita cosa. Siempre en la penumbra, llenándose de hijos, sirviendo a todos, comiendo lo que dejaban los niños. Irene la quería muchísimo pero, a veces, le pesaba tener que ayudarla en el quehacer de la casa, sobre todo, cuando le daban esas horribles migrañas que la noqueaban dos días seguidos. Entonces, ella tenía que asumir responsabilidades que no había pedido y dejar a un lado sus deberes escolares.

Pasaban los minutos y su papá no llegaba. Era extraño porque él era muy puntual. Los últimos profesores se marcharon, no sin antes felicitarla de nuevo por sus logros, y Tomás, el conserje, se puso a barrer la entrada del colegio.

Con sus libros abrazados al pecho y la mochila cargada de cuadernos rendida a sus pies, Irene vigilaba ansiosa la calle por la que siempre entraba el coche. “¡Uy, se me hace que ya te abandonaron, niña!”, le dijo Tomás, “¿quieres que, mientras termino de barrer, te saque una sillita pa’ que descanses?”. Irene se sentó a esperar y a imaginar la cara que pondrían todos en casa cuando les anunciara que se iría a estudiar fuera. Fantaseaba con la idea de lo que sería su vida en la capital, teniendo por fin una habitación para ella sola, rodeada de libros, saliendo con nuevas amigas, echándose un novio, ¿por qué no? De repente, una mezcla de tristeza y amargura le empañó la mirada. Pensó en su madre. En lo inútil que se había vuelto desde la última vez que la ingresaron. “¡Ay, diosito, que se ponga bien! A lo mejor esta noticia la anima y se alivia”, murmuró con los ojos cerrados. Apretándolos aún más y acariciando sus libros como si de un pretendiente se tratara, Irene siguió hablando con Dios. “Señor, este es el sueño de mi vida. Yo he sido buena, obediente; me he hecho cargo de la casa, de mis hermanos, nunca le he faltado a nadie… ¡por favor!, te pido que todo vaya bien y que pueda irme a estudiar, ¡por favor, te lo pido!”.

Abrió un ojo y atisbó a lo lejos el viejo Chevrolet. Venía despacio, muy despacio. En los ojos pequeños de su padre alcanzó a distinguir unas gafas oscuras y un pañuelo blanco en su mano izquierda. Conducía lento como si quisiese retardar la llegada una eternidad. A Irene se le fue borrando la sonrisa. En su lugar, le brotó un nudo en la garganta que, sin embargo, no fue tan punzante como el ramalazo que sintió en la boca del estómago.


¡Pobre Irene! Y hay quien dice que soñar no cuesta nada.
 
 

viernes, 24 de febrero de 2017

domingo, 19 de febrero de 2017

La Baticueva



Para escribir Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez tuvo que encerrarse literalmente en un estudio de la Ciudad de México. Era un cuarto pequeño, hecho a la medida, en el fondo del jardín de una casa ubicada en el viejo barrio de San Ángel. Gabo había sido cautivado por una historia y durante más de quinientos cuarenta días con sus respectivas noches, no hizo otra cosa que escribirla como un poseso. En sus Memorias, él mismo cuenta que trabajaba durante horas en aquel habitáculo donde apenas cabía un viejo sillón, diversos libros de alquimia, botánica y filosofía y un escritorio en donde no podían faltar varios paquetes de cigarrillos, un buen lote de folios blancos y un florero con rosas amarillas. Durante dieciocho meses, mientras Mercedes, su mujer, sostenía afanosamente a la familia, los dos dedos índice de Gabo teclearon sin tregua la inquebrantable Smith Corona para regalarnos una de las mejores novelas de todos los tiempos.




Yo, desde luego, no aspiro a ganar el Premio Nobel de Literatura. ¡Faltaría más! En todo caso, lo que siempre había soñado era un espacio como el de Gabo, un santuario propio donde encontrar inspiración, imaginar historias e instalar mi viejo ordenador junto con el montón de ideas, recortes de periódico, libros y recuerdos que han viajado conmigo desde que salí de México. Así que cuando me mudé al piso de 50 metros de la calle Tordera, supe que lo había encontrado.
Sin vistas al jardín ni rosas amarillas, mi “santuario” resultó ser la alcoba oscura de extraña configuración (más parecida a una L que a un dormitorio digno de llamarse así) y con un par de ventanas que no dan a ningún lado. ¡Vamos, el tipo de habitación por el que nadie se pelearía! Excepto, claro está, los que necesitamos un recinto para estar solos, pergeñar proyectos, leer hasta las tantas y escribir nuestras vergüenzas.

Bautizada con el nombre de la Baticueva, dado que solo yo tengo acceso a ella y admito ser fan de los héroes de Ciudad Gótica, es desde hace dos años mi taller de ideas. En él trabajo todos los días y a cualquier hora, arropada por el mueble modular construido por mi marido (y que sería la envidia de IKEA), dos estanterías cargadas de libros a mis espaldas, y en un escritorio que alguna vez fue mesa de jardín. En la Baticueva siempre hay música. No puedo trabajar sin ella. Repartido por doquier, está lo mejor de mi biografía: fotos de la familia, postales de los amigos y un desorden de papeles que solo entiendo yo. Es mi caos organizado. 

Delante de mi ordenador y pegado con chinchetas, tengo el trozo de una carta que García Márquez escribió, en 1966, a Carlos Fuentes. En ella le confesaba: “Jamás he trabajado en soledad comparable (...), sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras”.
Inspiración pura a la hora de escribir este texto. Así que, lo intentaré:


Para escribir Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez tuvo que encerrarse literalmente en un estudio de la Ciudad de México. Era un cuarto pequeño, hecho a la medida, en el fondo del jardín de una casa ubicada en el viejo barrio de San Ángel…

sábado, 19 de septiembre de 2015

De puertas adentro




A las 7 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, un terremoto de 8,1 grados en la escala de Richter devastó el centro de la ciudad de México. Nunca se supo cuántos muertos hubo. Se especuló con diferentes cifras: desde los seis mil y pico que dieron los medios oficiales, hasta los 27 mil registrados por los organismos internacionales. Doscientos cincuenta edificios fueron destruidos y más de 500 quedaron gravemente dañados.

 
Es doloroso ver cómo se parecen las ciudades arrasadas por la guerra a las destruidas por un terremoto. Da igual. Esta imagen, que podría pertenecer a una zona en conflicto, me recuerda el estado que guardaban cientos de fincas cuando salí a recorrer las calles aquella mañana de septiembre. Como en la foto, numerosas fachadas cayeron dejando al descubierto las historias, los sueños, los recuerdos y las miserias de miles de individuos. Es como si, de repente, a plena luz del día, alguien te arrancara la ropa dejándote en bragas. Te da un poco de vergüenza mostrar las grietas y el desorden; la cama a medio hacer y el montón de cajas sin acomodar.

 
“De puertas adentro” es una expresión imposible de concebir al mirar esta fotografía. La intimidad deja de existir. Lo privado se vuelve público ante la curiosidad de los mirones. Y una se pregunta: ¿quién habrá vivido en la primera planta? ¿Se habrá salvado la vieja del tercero?

Por los dibujos de lo que fue la escalera, se nota la mano de aquel adolescente del segundo piso que tanto molestaba a los vecinos. También se respira la pobreza de los inquilinos que no pudieron reunir el dinero para cepillar la madera de las desvencijadas puertas. Claro que nunca falta quien decide plantarle cara a la estrechez y pintar de verde y amarillo las ventanas de su vivienda.

 
Es la imagen de la desolación. De vidas truncadas. De historias rotas. De lo que fue y no volverá a ser. Es la fotografía que nos recuerda que nada ni nadie volveremos a ser los mismos. Nunca más. Como sucede en las ciudades en pie de guerra o en las devastadas por un terremoto.

 

jueves, 4 de junio de 2015

Elogio de la desconexión


A Florencio García Gutiérrez y
su personal elogio de la desconexión.
 
-          Oye esto… “En un mundo en el que la inmediatez y la vecindad son lo habitual, resulta imperativo recuperar el sentido de la distancia como algo que uno debe procurarse para ralentizar el ritmo de la comunicación y la decisión…”
 
-          ¡Ay, no! ¿ya vas a empezar?
 
-          “… para sustraerse a la influencia de las opiniones ajenas y pensar por cuenta propia, para decidir uno mismo en su propio espacio y con su propio tiempo”.
 
-          ¡Buaaaa!
 
-          Atiende, atiende… “En menos de veinte años hemos pasado del placer de la conexión a un deseo latente de desconexión”. Esta es una más de las razones por la que no tengo ni quiero tener “wassap”.
 
-          A ver. ¿No te estarás convirtiendo en una especie de talibán de la tecnología? Yo entiendo que no te quieras comprar un smartphone y andes por la vida con esa antigualla de Nokia, vale, si te funciona, allá tú. Pero de eso, a que vivas obsesionado con tu rollo antisistema, chico…
 
-          Es que no quiero que nadie me imponga nada. No me interesa estar conectado las 24 horas del día. ¡Me asfixia tanta dependencia de Internet!
 
-          Pero, en algún momento de la vida, tendrás que ser parte de este mundo si no quieres quedarte aislado. Además, el Whatsapp es gratis.
 
-          ¿Gratis? ¿Gratis? ¿Tú, de verdad crees que hay algo en la vida que es gratuito? ¡Nada es gratis! Lo que la gente no piensa es que, a través de sus teléfonos inteligentes, está más controlada que nunca. Estamos siendo evaluados, identificados, vigilados… ¡vivimos en un inmenso Gran Hermano… y nadie lo cuestiona!
 
-          Mira, no empecemos.
 
-          …
 
-          Vale, te concedo algo de razón, pero por otro lado, tienes que entender que, si no estás conectado, no existes. Yo, por ejemplo, si no tuviera este aparatito que tanto desdeñas, no podría trabajar desde cualquier parte del mundo y a la hora que me de la gana. Este móvil es mi oficina.
 
-          ¿No estarás confundiendo el “networking” con el “overlinking”? ¡Dios, cómo detesto estas palabrejas en inglés! ¿Sabes lo que dice este artículo? Que el exceso de conectividad en el que vivimos ha llegado a provocar, y te lo leo textualmente: “una náusea telecomunicativa, una fatiga tecnológica que se traduce en un deseo de desconexión, aunque sea parcial”.
 
 
-          Oye, yo tampoco estoy tan enganchada. Se cuándo debo parar.
 
-          Tía, pero si no dejas de responder wassaps y mensajes y correos. Si te pasas el día tomando fotos de lo que comes y miras. Si eres la “Madre de todos los Selfies”…
 
-          Pues, ¿sabes qué? Gracias a Facebook he podido recuperar a mis amigas de la primaria. Estoy en permanente comunicación con mis sobrinas de Estados Unidos, puedo visitar en tiempo real -¡quédate con esto!- cualquier museo del mundo; consultar cualquier periódico, revista, libro online; puedo saber la hora exacta en que pasa el autobús o qué obra de teatro esta triunfando en Broadway…
 
-          ¿Y de verdad querías recuperar a tus amigas de la primaria con las que no tienes nada en común? ¿Hace cuánto que no escribes una postal a tus sobrinas? ¿Te sirve de algo saber qué dice el Washington Post o el Times? Pero, ¡si tú ni siquiera hablas inglés, tía! De verdad, ¿te hace falta todo eso que me estás diciendo?
 
-          ¿Sabes lo que eres? ¡Eres un cavernícola!
 
-          Y a ti, ¿sabes lo que te hace falta? Ir a una clínica para desintoxicarte del exceso de conectividad. Yo prefiero seguir aquí, haciendo mi personal elogio de la desconexión.
 
-          …
 
-          Vamos, no te enfades. Es que, desde hace tiempo, siento que ya no eres la misma chica de la que me enamoré. La que se emocionaba con mis versos, la que se reía a carcajadas viendo una película en un cine de verdad, la que ahorraba hasta el último céntimo para comprarse un disco. Ahora, contigo, todo es más difícil, tía, menos espontáneo. Vivimos en dos mundos diferentes; tú siempre pendiente del móvil, yo haciendo malabares para llamar tu atención. ¿No te gustaría desenchufarte media hora y venir conmigo al parque?
 
-          ¡Ay, David! No me digas eso que me vas a hacer llorar. Mira, nada más termino de hablar con mi jefe por Facetime y participo un ratito en una crowd intelligence de Personal, y te prometo que te mando un mensaje para vernos esta tarde, ¿te parece?
 
-          -¡Ay, amor! De verdad, contigo, no se puede.
 


domingo, 31 de mayo de 2015

El gol de Messi



Para que regrese pronto
 la luminosa sonrisa de mi querida Nené.

¡¡Me cachis en todos los santos del firmamento, y que Dios me perdone si olvido alguno!! ¡Ay, mi Señor, perdona este lenguaje tan procaz! Ya se que la ira es un pecado muy feo y que esta manera de expresarme no es propia de un hijo tuyo,… pero es que, ¡ya no soporto un balonazo más de aquel niño gordo, el que trae puesta la camiseta de Messi! ¡Ése! ¡Mira que usarme de portería! ¡A mi, San Dionisio, que fui el primer obispo de París!

¡Perdóname, Dios mío! Tampoco quiero pecar de soberbia, pero lo que ha hecho el estúpido concejal de urbanismo de este barrio… ¡no tiene nombre! Yo, que atravesé las Galias para llevar tu palabra a los bárbaros y descreídos, que crucé ríos y montañas para compartir el Evangelio, que sufrí la persecución de Aureliano, que perdí literalmente la cabeza por ti,… creo que merezco un poco más de respeto, ¿no te parece? Haberme puesto aquí en este jardincito perdido de Montmartre, que no sale en ninguna guía turística, a donde solo vienen jubilados tristes y niños insolentes, ¿no es acaso una vergüenza?

No es por refrescar la memoria de nadie, pero todavía recuerdo aquella fría mañana de otoño cuando en la Île de la Cité fui injustamente torturado y sacrificado en tu bendito nombre, junto a mis inolvidables compañeros Rústico y Eleuterio. ¡Me acuerdo y se me vuelve a poner la piel de gallina! Lo de nuestro martirio fue espeluznante, pero lo de mi decapitación fue algo es-pan-to-so, dolorosísimo y muy sangriento. En aquellos tiempos, recordarás, oh, Dios de todos los Hombres, que las hachas no estaban muy bien afiladas que digamos. Ya me hubiera gustado a mí la precisión casi quirúrgica de la guillotina.

Y luego, a tropezones y ensangrentado, tener que recoger mi digna cabeza y andar ¡seis kilómetros! atravesando charcos pestilentes y un montón de callejuelas rebosantes de mierda de Montmartre. ¡Eso fue atroz! Si no hubiera sido por aquella piadosa mujer que me ayudó a enterrar mi exquisita testa, no se que hubiera sido de ella, ¿acaso devorada por hambrientos perros salvajes? ¿hubiera servido de pelota a algún antepasado de aquel niño gordo?

¿Qué quieres que te diga, oh, Padre mío? Aquí me siento muy solo, viene poca gente, muy pocos jóvenes y, encima, tengo que soportar que las palomas me caguen y los perros orinen mi humilde pedestal. Si este sacrificio representa una prueba más, oh, Dios Eterno, envíame una señal y con humildad y amor la cumpliré. Si no es así,…


-          ¡¡Gol! ¡Gol de Messi!!…


¡Ayyyy, niño! Menos mal que lo metiste por donde antes estaba mi cabeza, que si no… la próxima vez, te regreso la pelota y te pego una hostia… ¡que te espanto hasta al ángel de la guarda! ¡Farruco, mocoso maleducado, so pelmazo…!

 

 

viernes, 29 de mayo de 2015

Máscara vs. Cabellera



“¡Pelearaaaán 10 rounds! En esta esquina, el actual líder celestial, amo del cosmos y rey del sol… ¡Tonatiuh! (ovación del respetable público). En esta otra, el padre del agua y de la tierra, el campeón de los relámpagos y la lluvia… ¡Tláloc! (la concurrencia aplaude con enjundia)”. El universo convertido en arena de lucha libre. Comienza la función.


Seis de la tarde. Ciudad de México. Avenida Reforma, Ángel de la Independencia - Glorieta de la Diana. 350 metros que me parecen eternos. Miro al cielo y éste se desploma.

La lluvia en México siempre avisa. Un sonoro CATAPLUM desgarra los nubarrones negros y amenazantes que se han ido formando desde el mediodía. ¿Por qué siempre llueve por la tarde en la ciudad de México y no por la mañana? No tengo la menor idea. Un segundo CATAPLUM lanza enormes goterones de H2O y no se cuántos elementos ácidos más. A dos mil 400 metros sobre el nivel del mar, los chaparrones no pueden ser finos, ya lo dice su nombre CHA-PA-RRÓN. No son como los aguaceros del trópico que se pasean por el follaje de las palmeras y el color de las bugambilias. Tampoco es una llovizna civilizada, como la de Londres, tan puntual y elegante que nos invita a lucir el Burberry´s a juego con el paraguas de puño de madera. No. Aquí cae de sopetón, inunda calles y pasos a desnivel; empapa transeúntes y cala hasta los huesos.
...

¿Por qué la gente se apendeja cuando cae la primera gota de agua? Es la pregunta del millón. Recorrer 100 metros en tardes como ésta puede ocupar 40 minutos. De mi lado derecho, un hombre de mediana edad decide apagar el coche -con lo cara que esta la gasolina, ¡para que gastarla en este caos!-, se afloja el nudo de la corbata, suelta el primer botón de la camisa y enciende un cigarrillo; acomodándose en el asiento de su BMW, prefiere cerrar los ojos e imaginar que ya está en casa. De algo le han servido los cursos de meditación ZEN del mejor SPA de Valle de Bravo. A mi izquierda, en una camioneta roja que parece calentarse, una joven madre, agobiada por el tráfico, empieza a propinar manazos a diestra y siniestra a los tres niños que van en el asiento de atrás. Niños también agobiados que, además, tienen hambre y ganas de hacer pipi.
...

Los coches no avanzan y el chubasco arrecia. Vivo en una ciudad caótica por naturaleza, mal diseñada desde el principio de los tiempos, donde los desagües vomitan agua color marrón y los coches quedan varados a mitad de la avenida por andar subestimando la profundidad del charco. Por las calles convertidas en ríos caudalosos nadan medusas en forma de bolsas de plástico y desechos orgánicos que parecen especies marinas de inquietante procedencia. Mi ciudad como acuario improvisado.
...

Enciendo la radio. Para mi mala suerte acaba de terminar La Hora de los Beatles y empieza el noticiero de las 18:30. ¡Ha pasado media hora y yo sigo en el mismo lugar! ¿Por qué los locutores que dan el pronóstico del tiempo son tan cursis? “Una fuerte precipitación pluvial está afectando el centro del Valle de México”. ¿Precipitación pluvial? ¡No, güey, esto es el pinche diluvio universal! Cómo serán las tormentas en México que hasta los aztecas veneraban a un dios dedicado única y exclusivamente a la lluvia. Y esta tarde, Tláloc sacó el cuchillo de obsidiana y se puso a destripar nubes, abriéndolas en canal y anegando la ciudad.
...

En 20 minutos adelanto 20 metros. ¿Por qué será que siempre que diluvia me acuerdo de Armando Manzanero? Habiendo canciones tan bonitas, como aquella de Serrat (“Llueve, detrás de los cristales, llueve y llueve…”), tengo que acordarme de, “Esta tarde ví llover, ví gente correr y no estabas tú…tutututu”. ¡La neta, qué cursis somos los mexicanos! Se me acaba el repertorio musical y esto no avanza ni madres. ¿Será que nos quedaremos a vivir aquí, durante meses, como en el cuento de Cortázar? O, ¿es que la tromba durará cuatro años, once meses y dos días como en Macondo?
...

Ya falta menos para llegar al cruce y liberarme de este atasco que seguramente me llevará a otros cinco más. ¿Por qué será que cuando llueve los policías de tránsito desaparecen? Tengo una teoría: la lluvia ácida los desintegra.

Ya se ven los vendedores ambulantes. En cuanto se pone el semáforo en rojo, salen disparados a ofrecer su mercancía. La gordita con su canasta de dulces y alegrías –solo en México hay una golosina que se llama así, alegría-, el güero de overol y sombrero tejano con sus quesos menonitas, y el chavo del periódico de la tarde, enfundado en su chamarra de colores chillones –“pa’ que no me atropellen, señito”, me dijo un día. De todos ellos, el que más pena me da es Ramiro, el niño que hace malabares con sus hermanos, y que de grande quiere ser bombero.

Ahora sí. Estoy a dos coches del cruce. Ya solo se oye el chipichipi de la lluvia cuando amaina. “Chipichipi”, ¡qué bonita palabra! Igual que “chingaquedito”, esa llovizna que nos moja cuando salimos a la calle y nos hace dudar entre abrir o no el paraguas. Hermosas palabras que dejan de hacernos gracia cuando pasan semanas y meses y la ropa sigue húmeda y los zapatos cubiertos de barro.

¡Tláloc, por lo que más quieras, apiádate de nosotros!

Miro al cielo y un trocito azul aparece entre el nuberío. Y otro, y otro, y otro más. Parece que el Sol Tonatiuh pretende disputarle el final de la tarde al mismísimo dios de la lluvia. Me gana la risa nomás de imaginar al par de soberbios en su eterno tira-y-afloja, en su función de lucha libre celestial que a los simples mortales nos dejará de propina una tarde con el aire más diáfano, los ahuehuetes más verdes y un intenso y divino olor a tierra mojada.

martes, 26 de mayo de 2015

Afinidad absoluta

A María Victoria Llamas, a quien le robé
un par de frases y montones de ideas.
 

Todo empezó como una promesa electoral. La candidata ofreció, de llegar a la alcaldía, prohibir que los indigentes durmieran en la calle. “Es un fenómeno que debemos erradicar de la capital porque ahuyenta al turismo”, enfatizó en diversas entrevistas. Además, dijo, “se sabe que muchos de ellos son de origen extranjero”. Ni tardo ni perezoso, el partido político de ultraderecha, que ya formaba parte del gobierno nacional, exigió que se distinguiera a los pordioseros que fueran ciudadanos del país de los que no, con objeto de ayudar solamente a los compatriotas. A éstos se les impuso una chapa con los colores de la bandera; a los otros, unas de color marrón, gris o negro, dependiendo de si procedían de América Latina, Europa del Este o África.

Días después, la Iglesia pidió a la candidata, muy devota del Jesús de Medinacelli, que, en el nombre de Dios, hiciera algo para diferenciar a las mujeres que habían abortado, a las que usaban métodos anticonceptivos y a las vírgenes. De esa manera, afirmaba el Nuncio, se conocería “la calidad moral de las hijas de Eva”. La candidata, con tal de ganar los votos del electorado católico, inició la entrega de distintivos en forma de triángulo: blanco para las castas, azul para las que tomaban anticonceptivos y rojo para las pecadoras. Unas horas más tarde, los líderes de las religiones minoritarias del país anunciaron su deseo de ser identificados para demostrar que su grey era mucho mayor de lo que el censo afirmaba. Salieron entonces a relucir unos rectángulos verdes (para los musulmanes), amarillos (para los evangelistas) y rosas (para los Testigos de Jehová). Otras sectas menos conocidas recibieron unos de color indefinido.

Como la “lideresa” era sumamente ambiciosa, accedió a las peticiones de filiación de prácticamente todos los colectivos de la ciudad por más absurdas que fueran. La profusión de símbolos fue tal, que llegó el momento en que no había un trozo de ropa libre de emblemas y marcas. En poco tiempo, surgieron propuestas para fichar otras cualidades y características: en qué barrio se vivía, cuál era el nivel de estudios o el estado civil, qué enfermedades se padecían, cuáles las preferencias sexuales o qué tipo de aficiones se tenía.

Al calor de las declaraciones de la aspirante a alcaldesa, que llamaba "camorristas, pendencieros e hijoputas" a quienes se negaban a ser identificados, nació también la desconfianza hacia aquellos que portaban insignias distintas. El gobierno que la apoyaba, al percatarse de las ventajas de este nuevo "divide y vencerás", emitió diversos decretos que obligaban a  todos los ciudadanos a ser registrados so pena de cárcel.

A medida que crecían las filas de individuos a la espera de nuevos logos y membretes, aumentaban las discrepancias y se ahondaban las brechas. El recelo se cotizaba a la alza. Los escrúpulos se multiplicaban por decenas.

Quedó vedada la convivencia entre desiguales. Quedó prohibido compartir casa, escuela, medios de transporte y cualquier actividad social entre incompatibles. Solo estaba permitida la afinidad absoluta.

Hartos de tanta diferenciación, día tras día, numerosas tribus, clanes y castas de toda índole abandonaban la capital del país. Ni los indigentes se quisieron quedar. Poco a poco, las viviendas se deterioraron, las fábricas y centros de trabajo cerraron y las universidades desaparecieron.

La ciudad se fue quedando sola. Los pocos que decidieron permanecer se miraban con suspicacia.

Singular y único, cada individuo quedó aislado y se convirtió en el otro. A fin de cuentas, todos acabaron siendo los demás.

Entonces, se hizo el silencio. Y toda forma de vida cesó para siempre.

viernes, 15 de mayo de 2015

Jurar en vano



“¡Te juro que no lo quería hacer!” Podría ser tu epitafio. Odiaba tanto esas palabras y, sin embargo, estoy a punto de repetirlas. No pensaba hacerlo pero recordé la primera vez que las pronunciaste. Siempre era una primera vez: el primer empujón, la primera bofetada, el primer ojo morado, la primera pierna rota…

Detestaba esas siete palabras que intentaban cicatrizar mis heridas y calmar tus culpas. “¡Te juro que no lo quería hacer!”, me decías, pero lo volvías a hacer, una y otra y muchas veces más. Y yo tenía que mentir, maquillar mi rostro, inventar una excusa. Así fue durante años, hasta que ya no pude resistir. Por eso, desde lo alto de este ciprés que sirve de atalaya a mi alma desconsolada, he decidido jurar en vano. No me lo pensé dos veces. En cuanto te vi cruzar esa puerta y andar por los estrechos caminos que vigilan decenas de ángeles de yeso y vírgenes atormentadas, supe que lo haría.

Estaba segura de que hoy vendrías a dejar las flores que tanto me gustaban, acompañado de mis llorosas hermanas que nunca me creyeron cuando les decía que Mr. Hyde habitaba detrás de tu tímida sonrisa. ¡El pobre viudo! ¡El pobre y joven y apuesto y trabajador viudo! ¡Tan buen hombre, incapaz de levantar la mano, ni en defensa propia! Por eso, en esta mañana de ruiseñores y luz de primavera, repito tus malditas palabras, “¡Te juro que no lo quería hacer!”.

…

Nunca se supo cómo fue que aquel rayo desgajó el trozo de lápida que limitaba mi tumba. La enorme pieza de granito que contenía la frase “Extremadamente veloz es la venganza de los muertos”, Pireo, siglos II-III d. C., aplastó tu cabeza. Los de la ambulancia no pudieron hacer nada para reanimarte. Mi alma, por fin, descansa en paz.